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Cuidar a un niño o niña además de darle todo nuestro amor, significa conocerlo y respetarlo, porque está creciendo y transformándose constantemente.
Cuando tiene entre cuatro y cinco años, el menor lucha por integrarse el mundo del adulto para ser aceptado en él. Pero aun vive en un mundo mágico y no ve clara la diferencia entre lo real y lo fantástico y su imaginación parece no tener riendas. Sin embargo, muchos padres y madres desconocen el hecho de la extraordinaria facilidad imaginativa que posee el infante y, hasta lo tildan de mentiroso por ello.
En estas edades, el pequeño aumenta su vocabulario y las palabras adquieren un nuevo significado. Le agrada emplear palabras difíciles, aunque no las comprenda bien. Asimismo, comienza a tener una idea vaga de los números, puede contar y separar hasta cinco o seis elementos.
Cuando miente se atribuye papeles que han realizado otros y no y tiene noción de la mentira. Hablan de "hazañas" que realizaron o vieron, y que no ocurrieron u ocurrieron de modo mucho menos "heroico" o espectacular. Invenciones que obedecen a un mecanismo psíquico muy distinto del de la mentira, porque en gran parte es inconsciente, y castigarlo y llamarle mentiroso constituye un error. De hecho, es sumamente importante no avergonzarle, adoptando una actitud positiva y constructiva, haciéndole comprender y comprobar su error.
A estas alturas, se interesa por las diferencias sexuales, la reproducción y el nacimiento, siente temores y le preocupa la muerte. Y pregunta, pregunta de la mañana a la noche, pero no responde tanto como pregunta, simplemente porque no tiene madurez para hacerlo.
Todo este mundo de ilusiones le sirve también para ir adaptándose, ya que su desbordante fantasía le permite buscar soluciones, formas de actuar y de expresarse y un universo de acciones que le facilitan luego actividades que irán presentándose con los años.
Para afirmar su Yo debemos confiar en él o ella, permitiéndole tareas fáciles en las que no fracase: bañarse, vestirse, cuidar sus pertenencias, colaborar con padres y hermanos.
Es un niño o niña feliz, que le gusta hablar de sí mismo, escuchando cuentos donde pueda volar su fantasía, corriendo y saltando, aunque a veces pase de la cólera a la alegría y de la independencia a la búsqueda de protección, y cuando quiere hacerse notar se comporta mal, especialmente cuando hay visitas.
Ayudarlo a distinguir lo verdadero de lo imaginario, haciendo de la verdad un principio moral en su conducta cotidiana es tarea para mamá y papa, pero a su debido tiempo, mientras tanto, compréndalo y comparta con su hijo o hija ese desbordante aluvión de ilusiones naturales propias de su edad.
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