
Recién comenzó un nuevo periodo lectivo y los hogares cubanos son escenario de las más disímiles escenas: "¿Te gustó la escuela?", "¿Es buena tu maestra?", "¿Estas contenta?"
Niños y jóvenes se estrenan en las aulas en los diferentes niveles de enseñanza; es un gran día para todos los escolares y también para la familia, porque cada curso es portador de sueños y expectativas, particularmente para los que se inician en las aulas de preescolar.
La escuela, con sus actividades y deberes, constituye la primera gran responsabilidad en la vida infantil, pues sitúa al niño ante numerosos problemas de ajuste social. La manera en que se produzca la entrada al colegio, depende de su madurez emocional, adquirida previamente, lo que demanda de un proceso de adaptación complejo y delicado.
La incorporación a la escuela es un hecho transcendental en la vida del niño, pues le plantea exigencias y tareas que requieren de él o ella grandes esfuerzos y que significan un cambio en su vida. Las conductas infantiles durante el primer día de clases, y a veces en las semanas sucesivas, son el resultado de todo un periodo anterior de preparación y constituyen más que una prueba para el menor, un merecimiento al trabajo desarrollado por la familia en la casa.
Un niño preparado de antemano para ese gran momento, enfrentará esta nueva vida y podrá superar las dificultades que comúnmente surgen en los primeros días de clases. De ahí la necesidad de crearle una imagen positiva de la escuela, enalteciendo ante él la figura del maestro, despertando su entusiasmo por las actividades que compartirá con el grupo y el deseo de aprender.
La posición de escolar es siempre atractiva, debido al significado que la sociedad y la familia le otorgan a esta diferente situación social que el niño o niña asume desde que comienza a estudiar.
De hecho, aprenderá a dominar trazos y figuras, memorizará versos y canciones, y adquirirá diferentes habilidades que le resultarán muy útiles para su progreso cognoscitivo. Si no está preparado, entrará en conflicto con las posibilidades de conducta que posee hasta ese momento y lo que la escuela le exige, dando pie al rechazo.
Un comienzo feliz depende de haberle creado una actitud real y agradable hacia la escuela y el vasto universo del saber. De ahí que debe ser una meta ya vencida el que antes de iniciar las clases se sienta motivado por su colegio, pero sin presiones ni amenaza, para no allanarle el camino a la indisciplina, la rebeldía y los trastornos de conducta.
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