
La familia sigue siendo un referente esencial para hijos e hijas y conserva un sustento único en la preservación de nuestra identidad y la formación de valores como un derecho más de la educación en Cuba.
El protagonismo de la familia tiene que estar asociado a la salvaguardia de procedimientos que reconozcan a este núcleo en su diversidad y complejidad. Asunto cada vez mas difícil dado el poco tiempo dedicado a la comunicación con los hijos, lo que se contrapone con el rol familiar de sujeto activo de transformación social.
La generosidad, la bondad, el altruismo, son sentimientos bellos, y como otros tantos valores asociados a la decencia, no brotan naturalmente, hay que fraguarlos, incentivarlos, percibirlos como una ganancia del espíritu, y como tal, hacérselas ver y sentir a nuestra descendencia.
Son reconocidos los logros que en materia de derechos infantiles presenta Cuba, y así ha sido expresado en diferentes informes y contextos. Tenemos indicadores de salud materno-infantil por encima del de muchas naciones desarrolladas, con un reconocido respeto, además por la calidad de la educación, cuyos resultados se extienden más allá de nuestros lindes, con programas alfabetizadores agradecidos en el mundo.
De hecho, la educación en valores está presente en cada beneficio y reto que nos acompañan. La preservación de éstos, construidos de manera paralela en el hogar, escuela y entorno comunitario, reclaman de una coherencia en cada uno de esos elementos socializadores. Apostar por el futuro, no solo es resguardar las normas más primarias del florecimiento humano sino irradiarlas desde la individualidad.
Ninguna etapa mejor que la niñez para exaltar la sensibilidad y la solidaridad,, sentimientos indispensables para un crecimiento tutelado por el decoro. Esos locos bajitos que nos escoltan y enriquecen la vida, demandan patrones formativos desde muy temprana edad y estos solo se logran no premiando sus malcriadeces ni siendo permisivos con las indisciplinas. Tampoco confundiendo los derechos que tienen con la incapacidad de exigirles las obligaciones pertinentes con la familia y la sociedad.
La mezquindad no nace con el niño, sino que se le va sembrando con pequeñas manifestaciones de indiferencia y despreocupación, imperceptibles por lo cotidiano que resultan y que, a la postre se cuantifican en inconsciencia y degradación. Actitudes que se reflejan en el comportamiento social del infante camino a su desarrollo como .adulto. Atajarlas a tiempo requiere del buen y sostenido ejemplo y de los preceptos educativos más sólidos.
Lo que no hagamos ahora con eficacia, repercutirá desastrosamente en un presente próximo.
http://www.mujeres.co.cu/art.php?MTA4NzQ=
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