viernes, 12 de julio de 2019

Ciano: El hachero más famoso de la Ciénaga de Zapata (+ Fotos y Video)

POR AYOSE S. GARCÍA NARANJO
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A sus 82 años, Donalciano García Mejías se levanta en la madrugada para ir a tumbar algunos postes
Llueve, truene o relampaguee, Donalciano García Mejías se despierta a las cinco de la mañana para ir al monte. Su paso lento y cada vez más torpe le hace tropezar con algunos objetos de la casa, hecho que le irrita y le provoca un desconcierto momentáneo. Apenas iluminado por la tenue luz que brota de un mechón, busca el hacha colgada en la caseta del patio, lo sujeta por la cabeza y coloca el mango en el suelo, de tal manera que hasta llegar al bosque ese será su bastón.
Aunque el camino es bastante corto, para él se vuelve una eternidad y aun cuando intenta acelerar el ritmo de sus movimientos, las piernas no le responden. Al internarse en la maleza no demora en enderezar el hacha y descargarla contra cada poste que se tropiece. El sonido del metal penetrando en el madero desata un eco perceptible en el silencio habitual de estos parajes, donde también se conoce la posición de las personas por el chirrido que emiten las ramas secas al quebrarse con cada pisada.
Todavía conserva cierta destreza en su oficio, por lo que ningún arbusto le dura en pie más de cinco cortes. Bastaría solo observar sus manos para saber que este ha sido un hombre de campo y trabajo duro, de largas jornadas y poca comida, y a quien envejece de ese modo los años jamás pueden arrebatarle la fuerza.
Cuando derriba cerca de setenta troncos los traslada hasta su casa, solo que al finalizar esta tarea la agitación no le permite hacer otra cosa que no sea sentarse en un sillón. Con el rostro cubierto por intensas sudoraciones, a veces se asusta con el recuerdo de aquella vez en que llegó desfallecido al hospital y tras recuperarse un poco, el cardiólogo se le paró de frente y le dijo: "Mi viejo, de ahora en adelante usted no puede cargar ni un vaso de agua".
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De todos sus problemas de salud, el que más le perjudica es el dolor frecuente en las piernas. Por ello, utiliza el hacha como bastón durante sus caminatas.
Claro que no más se sintió capaz de volver al monte, para allá arrancó Ciano. "El problema es que toda mi vida la he pasado allí, y si a estas alturas me lo prohíben te aseguro que me muero", confiesa este cenaguero a sus 82 años de edad. A estas alturas de su existencia no es de los que piensan en lo que pudo ser y no fue, ni tampoco suele realizar todos esos recuentos comunes en la vejez. En cambio, solo una remembranza es recurrente en él, por la que daría todos sus bienes sin pensarlo dos veces, por la que se quedaría sin nada, tan solo por retornar a la etapa en que fue reconocido como el mayor hachero de la Ciénaga de Zapata.
VIAJE A LA SEMILLA
"Yo pegué a trabajar a los 11 años y desde ese entonces me hice cargo de la casa pues cortaba un carretoncito de leña de ciento y pico de arrobas que luego llevaba a pesar para ganarme los pesos. Esa fue una época brava, había que arañar como los gatos".
De esa manera Ciano mantuvo a sus 14 hermanos y años después, a sus seis hijos y siete nietos. Él explica que desde el momento en que su tío le armara una pequeña y rústica hacha, el resto de la tarea lo dominó sin mucho esfuerzo.
"Hay gente que la naturaleza le da la facilidad de ser un buen pelotero o un buen artista, pero a mí no, yo nací para ser hachero, una profesión bastante cabrona pero bueno, eso fue lo que me tocó".
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A través de las manos de este anciano, gruesas y ásperas, se puede conocer las peculiaridades del trabajo que desarrolló durante tantos años.
En toda su existencia nunca tuvo contratiempos durante estas labores, a pesar de ser un medio donde la frecuencia de los accidente es elevada. "Uno de mis hermanos se dio cada hachazos que yo no quiero ni acordarme de eso. Ya en el último se metió el filo por el tobillo y se lo corrió de lugar, fíjate que yo pensé que no caminaba más, pero por suerte se lo arreglaron en Cienfuegos".
La parte más peligrosa del oficio radica en el momento de propinar el golpe, cuando tener las manos sudadas o tropezar con algún gajo imprevisto podría traer consecuencias nefastas. "Además, si tú le tiras a un palo en apariencia fuerte pero que por dentro está hueco, ahí sí te cortas enseguida porque la fuerza del movimiento viene para los pies".
Con la facilidad con que otros niños aprenden las reglas de los juegos, Ciano aprendió las normas para dar hacha. Quizás la edad temprana en la que se inició en este oficio le provocó que en su juventud, ya con tanta práctica acumulada, se pensara acreedor de algún talento especial para tumbar monte. Lo cierto es que quienes lo veían en actividad, alegaban casi incrédulos que este hombre solo cortaba más que una combinada de caña.
EL REY DE LA FUERZA Y EL FESTIVAL
"En una mañana él acumulaba la madera necesaria para llenar un camión, y si por casualidad el chofer no tenía más trabajo durante el día, le decía que volviera y tirara otro viaje. Incluso cuando venía por segunda vez toda su producción no cabía en aquellos camiones Gaz con capacidad para 400 arrobas más o menos", comenta Luis Alonso Villalobos, compañero de trabajo de Ciano.
Generalmente el resto de las personas se apuraban en el corte para avanzar un poco más rápido, pero él mantenía siempre el mismo paso, constante y sin forzarse, para cumplir las metas. Como resultado, la mayoría era sometida por el agotamiento y el calor, mientras Ciano cortaba fresco como una lechuga y casi hasta el anochecer, hasta donde la claridad le permitiera.
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Además de sus labores en el monte, en la actualidad dedica bastante tiempo a cuidar de su pequeña finca.
Otra de las faenas que lo persiguió toda su vida fue labrar los polines con el objetivo de colocarlos en las líneas del ferrocarril. Para ello, primero tumbaba el palo y le hacía pequeños piquetes de un extremo a otro y después mediante un corte lateral, alisaba al máximo la forma del madero.
"Nunca le cogí miedo al monte. La gente dice que a mí me gusta, pero uno tiene necesidad de vivir y aquí no hay más nada en donde pueda emplearme. Para mí cortar es fácil, lo más malo es burrear la madera porque gran parte de las veces se traslada a largas distancias para que la carreta o el camión se la lleve, y todo ese tramo uno se tira la carga al hombro, lo mismo horcones para casas que soleras de 30 pies, eso sí es del carajo".
Sin embargo, de todos sus excesos (que para él son orgullo) el más relevante no podía ser otro que su categoría de invicto en los festivales del carbón, una auténtica proeza hasta el momento insuperable.
"En ese evento se organizaban competencias de hacheros que venían de todos los territorios colindantes. Allí te daban una asignación de tierra y durante cuatro horas de trabajo ganaba el que más arrobas cortaba. Cada vez que participaba, yo me llevaba la victoria".
En las últimas ediciones, al correrse la voz por los alrededores de que Ciano asistiría al concurso, la desmotivación para el resto de los hombres no se hacía esperar y enseguida manifestaban que para desgastarse y luego perder, era preferible quedarse en la casa.
"En unas horas yo llegué a acumular 875 arrobas y nunca me veías sofocado ni con la lengua afuera como a los demás. Un vecino de la zona le gustaba meterse conmigo y decía que mi hacha cortaba para adelante y para atrás, por eso era tan rápido. ¿Tú sabes lo que es decir semejante bobería?".
Este veterano se empeña en sostener que no existía nada diferente en su forma de trabajar, aunque eso sí, su hacha tenía que afeitar. Por ello, la molaba dos o tres veces en semana con una piedra especial para estas funciones. Más allá de esto, no cuenta ninguna información extraordinaria que justifique su primacía absoluta en los festivales más famosos de la Ciénaga de Zapata.
 
 
EL PRESENTE DE UN VIEJO HÉROE
Todavía en el círculo social de la Ceiba se cuentan las hazañas de Ciano. Para el visitante foráneo no resulta difícil enterarse del peso que se tiraba en la espalda o la cantidad de troncos derribados cuando nadie podía más.
Sin embargo, sus disparates de juventud le aceleraron enfermedades en la vejez. Ahora padece de la presión, la artritis lo tiene partío (según él mismo define) y la ciatalgia le recuerda su decadencia a cada instante.
 
A pesar de continuar su faena al interior de la maleza, alterna los esfuerzos con una pequeña finca de autoconsumo a la que le dedica bastante tiempo. "Yo recibo un retiro estable, pero la siembrita es la que me garantiza la jama", explica sonriendo.
Hoy en día quienes se vinculan a las cuestiones forestales lo hacen con instrumentos modernizados o mediante la ayuda de las sierras, aunque Ciano no tolera el ruido de esos aparatos que suenan como una chicharra. De esta forma ingenua, dicho anciano se convierte en conservador de una tradición que durante décadas caracterizó la vida de las personas en el mayor humedal del Caribe Insular.

 
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