viernes, 12 de julio de 2019

Trabajo duro y casa limpia: El doble oficio de la mujer rural (+ Fotos)

POR AYOSE S. GARCÍA NARANJO
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Sixta Román Mejías forma parte de una brigada que a diario se interna en la maleza para despejar el camino de Girón a Guasasa
 
El terraplén que enlaza Girón y Guasasa, en la Ciénaga de Zapata, más allá del estado abrupto que presenta, se halla rodeado por un espeso monte que en la actualidad constituye un peligro para el tránsito. Es por ello que un grupo de personas se encarga de chapear el área para aliviar la parte cercana a la orilla.
Sin embargo, basta fijarse un poco en esta brigada para advertir de inmediato a mujeres que, machete en mano y a base de movimientos duros y concisos, luchan a diario por abrir caminos.
Una de ellas se nombra Sixta Román Mejías, quien usualmente porta una indumentaria inconfundible, compuesta de gorra y pañuelo para cubrirse la cabeza, una camisa gruesa de mangas largas que se une a un pantalón no menos agreste, los guantes que le hermetizan las manos y para rematar, unas botas altas de goma. Solo le queda a la intemperie un breve indicio de su rostro. "Aquí nos protegemos con todo porque cuando hay mosquitos, no puedes abrir la boca que te los tragas encantada de la vida", comenta ella.
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Antes de comenzar el trabajo Sixta se esmera en protegerse la piel pues el área donde se desenvuelve está poblada de matas espinosas que podrían herirla
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Su jornada comienza a las cinco de la mañana, cuando organiza lo que necesita, le echa comida a las gallinas y le deja el desayuno listo a su esposo, que es pescador. Ya sobre las seis y media el tractor la recoge y luego la deja en el mismo sitio donde finalizó su trabajo el día anterior.
Nada más pone los pies en el suelo, inicia la parte más dura: lo mismo tiene que "fajarse" con el marabú que desprender las matas de guacalote, unos gajos especialmente molestos por la cantidad de espinas que envuelven sus hojas. A veces también se adentra en las zonas boscosas para cortar bejucos o cualquier otra maleza que sea imprescindible eliminar, luego apila todas las ramas y vuelve de nuevo chapear. Así hasta alrededor del mediodía.
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"A esa hora el tractor nos recoge y nos deja en la casa. Cuando llego me cambio de ropa y me centro en las actividades normales, lavar, cocinar, todas esas cosas que tenemos que hacer", explica Sixta con espontaneidad.
Ella comenta que desempeña las labores fuertes porque no tiene otra opción, donde vive no hay nada más para trabajar; pero por otro lado, ni siquiera cuestiona su otra jornada en el hogar pues desde que tiene uso de razón, no conoce otra realidad. Y ya tiene 57 años.
Ahora viene la paradoja: si bien la tradición confina a las "damas" al espacio doméstico por su delicadeza y otros prejuicios recurrentes, la necesidad en las comunidades rurales hace que esta premisa se ignore y se les permite a las féminas desarrollar roles tradicionalmente "masculinos", solo que al traspasar el umbral de su hogar tienen que asumirlo todo, como si fueran impecables amas de casa.
En fin, Sixta es solo un caso entre muchas otras mujeres que, de manera inconsciente, su vida se convierte en un ejemplo liberador y desolador a la vez, el arquetipo que demuestra la existencia de un machismo tan natural como la tierra que cultivan, pero tan inconsistente y relativo como el viejo cuento del sexo débil.

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