En un contexto donde la modernidad parece arrasar todo vestigio de épocas pasadas, existen personas todavía leales a las tradiciones que iniciaron sus ancestros, por anacrónicas que parezcan en la actualidad. Incluso pueden darse casos como el de Herlín Muñoz Zayas, un hombre consciente de que el trabajo del carbonero no es pago con nada, pero a la vez, no conoce otro que le provoque tanto placer.
POR AYOSE S. GARCÍA NARANJO
Herlín y Marta, pobladores de Cayo Ramona que viven de la producción de carbón
La vida de Herlín Muñoz Zayas, en sentido general, ha transcurrido como tantas otras vidas atadas a la frugalidad del contexto donde nació. Hoy, igual que tantos años atrás, en su vida no importa que sea mañana o tarde, viernes o domingo, pues no es dueño de su tiempo, sino solo de dos planes de carbón que son los que le indican qué hacer con su libertad.
Fue hijo de una época donde las familias rurales se caracterizaban por tres elementos esenciales: traer muchos hijos al mundo, tener poca comida y trabajar siempre duro, durísimo. Por tanto, siendo el mayor de nueve hermanos, heredó este oficio desde sus abuelos y no asombra que en la actualidad, las imágenes más nítidas que retiene de su infancia (acaso las únicas) consistan en un niño burreando leña para ayudar al padre.
Luego creció y se juntó a trabajar con un hermano, pero cuando este decidía parar Herlín se quedaba sin dinero pues el plan no era suyo. Justo por ello decidió abrirse camino con sus propias manos, precozmente despellejadas, y se batió con el área cercana a su pariente, donde solo había monte y piedra. A machete limpio se deshizo de todo lo que estorbaba, arrimó los pedruscos más grandes hacia un platanal, los más pequeños los botó en una carreta y luego cisnió un poco de cisco sobre el nuevo e irreconocible terreno.
Ya el resto era fácil. Para abrir sus dos planes el proceso fue el mismo: se paró en un punto medio, caminó cinco prolongados pasos al frente y justo delante de su pie zanjó levemente el suelo con una pala, retornó adonde estaba, luego ejecutó el mismo proceso hacia la izquierda y hacia la derecha. Por último unió cada extremo marcado, resultando una bella circunferencia que en lo adelante encerraría incontables hornos de carbón.
Solo le faltaba un lugar para vivir, por lo que levantó una pequeña caseta de tablas, techada con algunos "recortes" de fibro, un "puñao" de guano, y de apoco acomodó los departamentos que le permitieron su limitadísimo espacio: la cocina, donde clavos herrumbrosos sostienen cacerolas escrupulosamente fregadas; más adelante el cuarto, a un costado la batea, o al menos así le dice a un pedazo de goma de tractor cortado en forma de media luna, y al fondo se ubica el baño, parcialmente a la intemperie.
Justo es decir que sus paredes interiores se encuentran adornadas por un ramo de rosas artificiales, una foto de familia y varios platos decorativos con dibujos de playas hermosísimas, auténticos paraísos tropicales que, de modo subliminal, no hacen sino acentuar el primitivismo impregnado en todo este paraje.
Desde hace un tiempo no muy bien definido, vive con Marta, su esposa, quien lo ayuda en lo que puede, que es bien poco debido a la rudeza de su oficio. Él mismo afirma que no es cualquier hombre el que resiste el trabajo del carbón, y aunque no es pago con nada, cree hacerlo porque le gusta en verdad.
Toda una vida, por corta que sea, se vuelve demasiado extensa cuando se consagra a un mismo empeño. Y sin duda, el hecho de saber que sus antepasados pisotearon la misma tierra que ahora dispersan sus botas; apreciar que la bomba de agua del patio es la gran y única herencia de su padre, así como escuchar que su bisabuelo, a quien jamás conoció, le dio inicio a un oficio que llega a él como tradición, constituyen detalles que le estampan al lugar una atmósfera de intimidad y lo transforman en una especie de patrimonio familiar.

Herlín le echa un poco de tierra al horno para que no se vuele
Por ello, cada vez que levanta la primera estaca de un horno, lo que suele llamarse el corazón, le resulta imposible evitar las memorias la mayor tragedia de su existencia, cuando vio caer a su papá en las entrañas de un horno ardiente, gigantesco, en el que casi pierde la vida.
El trauma, como evocación recurrente, lo acompaña hasta el presente, y fue el sufrimiento de su padre lo único que atravesó su mente, como una última revelación, la noche en que tirando un tronco de leña hacia la candela, una astilla le enganchó la camisa y por un instante se vio perdido; mas un reflejo providencial le hizo desplomarse hacia atrás y su peso contrarrestó el impulso que lo arrojaba a la muerte.
Ese día el colapso fue total, absoluto. Debajo del tizne su rostro palideció súbitamente, los jadeos le oprimieron el pecho, a duras penas logró caminar hasta su casa, se agachó para buscar los fósforos y encender un mechón, pero en ese trance tropezó con una silla. Esto le encolerizó y arremetió a patadas contra ella. Al final de su desesperación, respirando con fatiga, se dejó caer en la cama. Cerró los ojos y se dijo que tenía que haberse muerto "pal" carajo.
Al hacer este cuento se exalta un poco por el pánico que sintió en aquella ocasión, su voz no pierde esa docilidad propia de los hombres sin malicia, de esos cuya excesiva bondad los deja en desventaja ante los demás. En tanto, su delgadez no lo hace lucir débil, tiene los antebrazos musculosos, las manos hinchadas y el contorno de las uñas ennegrecidos de forma permanente. La amplitud de su frente se encuentra rematada por escasos mechones de pelo que hacen más lastimero su rostro, ajado implacablemente por el tiempo. Llama la atención que al sonreír, contrae su expresión en un gesto que sin ser una mueca, tampoco trasluce felicidad.
En fin, Herlín tiene 46 años, aunque parece tener más, mucho más.
Con inusitada energía, este carbonero levanta gruesos troncos de madera cuando necesita arreglar un horno mal parado
Yo no soy igual que los otros
"Yo no soy como los otros carboneros que están para al otro lado del batey" -se ufana este hombre- "pues estoy bien claro de que al subirme en un horno me hallo entre la vida y la muerte, por eso soy cuidadoso con mi trabajo. Desde que empiezo a montar pongo abajo los palos más finos y jorobados y la leña más derecha la dejo para el segundo y el último piso.
"Después que lo enyerbo y le echo la tierra, le doy candela. Si empiezo por la mañana ya por la tarde lo abro, le aparto un poco la tierra, cojo una pulla, baqueteo y luego lo acuño, lo vuelvo a tapar y yo sé que después de este proceso él ya no me va a dar bateo en toda la noche. El secreto de esto es que no puedes acelerar la quema del horno, si por ejemplo, lo levantaste con catorce carretas de tractor, tienes que dejarle arder catorce días exactos.
"Muchos me dicen que no me demore tanto, pero yo quemo a mi manera y si creo que algo no sirve sencillamente no lo hago. Esta es mi garantía, lo que me da el dinero. Precisamente por mi experiencia yo soy el único que hace carbón de soplillo, que es un palo fofo, y cada saco me pesa más de veinte kilogramos. El último que hice lo cogieron para exportación y todo", sentencia Herlín.
"Para ver si el carbón está bueno va en la hierba pues si se te va la mano, la madera se pone colorá. Esto lleva su técnica y según empiezas a hacer los primeros arreos de arriba, tienes que ir mirando hasta que suelte el humo azul. En ese punto trancas y bajas los huecos.
"Todo va a su ritmo pero ya en el último tramo hay que apurarlo. Entonces lo desahogas un poco quitándole la tierra para que le entre más aire y el horno camine mejor. Ya cuando bota la candela por la base queda listo para recoger.
Herlín pertenece a la Empresa para la Conservación de la Ciénaga de Zapata (Ecocienzap). Este organismo es el encargado de traerle la leña hasta el plan y con una brigada ayudarlo a parar los hornos.
"Sin embargo, el cortador a veces le deja pullas a los palos y cuando las montan en las carretas no se acomodan bien, por lo que no cargan la cantidad que deberían y por supuesto, influye luego en el rendimiento del carbonero. Hace poco la brigada vino y me paró un horno, pero yo no quedé conforme porque ellos en el apuro por terminar no lo hicieron bien y el problema es que después se van y uno es quien tiene que treparse a acomodarlo, y tiene que echarse al lomo unos troncos de este gordo"- se agacha y para demostrar lo que habla levanta de golpe un enorme madero, haciendo gala de una energía inusitada para su sencilla condición.
"Imagínate que un día me dio a cargar uno y me fui de cabeza para el piso", comenta Marta, su esposa, una mujer de cuerpo enjuto, en exceso se podría decir, cuya blusa escotada descubre un pecho huesudo. Sus labios ocultan despobladas encías y sus facciones permanecen bajo el influjo de severas grietas. La licra que lleva acentúa su impresionante delgadez.
"Herlín prefiere trabajar solo para que las cosas le queden curiosas"-agrega ella-"Aunque también cada vez que se busca un ayudante no aguanta su ritmo. El último que vino fue mi sobrino, y al tercer día sacando carbón de madrugada, se desapareció de todo esto", suelta una repentina carcajada.
"Yo me pego a las seis de la tarde y ya hasta al otro día a las diez de la noche, cuando haya llenado todos los sacos, 200 y pico generalmente, no descanso más", agrega Herlín.
A solo unos metros de los dos planes de carbón, yace la casa de estos dos cenagueros
Que se haga la luz
La peor parte es la de sacar el carbón, cuando a cada ganchada el carbonero se desdibuja y pasa a ser un espectro apenas visible, envuelto en la densidad vaporosa del humo. No obstante, más allá de lo fastidioso del proceso, a Herlín lo que más le abruma es el calor insufrible del mediodía.
"Esos solazos me están matando" -comenta él- "antes yo tenía electricidad y podía hacer esta tarea por la noche, cuando el clima está mucho más fresco y favorable; pero desde que estoy sin "luz" el trabajo se puso más bravo todavía.
"A veces es necesario vigilar al horno por la noche y tengo que alumbrarme con la misma chismosa que hay dentro de la casa o con un mechón, pero el otro día mandé a mi mujer a casa del jefe para que me diera un poco de petróleo para echarle y no tenía. Al final, el cable de la electricidad pasa a casi cien metros de aquí y ya eso lo he hablado cien veces, pero no se ha solucionado.
"Además, es mejor empezar a sacar de noche porque de día tú no ves la candela. Hace un tiempo vino a cargar una camioneta de Aguada y le dije al chofer que debía esperar a que el carbón refrescara, pero insistió en que lo llenara así mismo que estaban apurados. Eso fue como a la una de la tarde y antes de llegar a Girón se incendió la camioneta. Tuvieron que virar para aquí y tirarle bastante agua para apagar aquello. Al final se jodió toda la carga.
"De noche uno puede detectar mejor esos detalles: en los hornos la candela es una cosa blanca que cuando hay mucha iluminación se confunde completamente. Incluso algunos troncos llevan la llama por dentro y en esos casos no existe manera de saberlo", sentencia este carbonero con la autoridad que le ofrece su experiencia.

Herlín demuestra que cuando le cae demasiada agua al carbón, se ablanda y pasa a convertirse en merma para él
Dilemas cotidianos
"Fíjate que yo lo único que pido es que mejoren las condiciones para trabajar más"-comenta Herlín mientras termina de acomodar uno de los sacos rebosados de carbón. Luego intenta cargarlo, pero apenas logra moverlo de sitio. -"Mira, este se va de los treinta kilogramos, el que sabe de esto con solo coger el saco por abajo sabe si el material adentro está bueno o no".
Al costado de su casa permanecen extensas hileras con este cargamento de carbón. Mientras, él termina de envasar los restos de lo que fue un inmenso horno.
"Hace varios días espero a que vengan a recogerlo y ya me estoy desesperando porque le han caído varios aguaceros arriba y no tengo encerado (naylon que se pone encima para protegerlos). Hoy parece que va a llover de nuevo y esto es criminal, es mucho el trabajo que se pasa llenando el saco a mano para perderlo todo por una demora que no depende de uno.
"Lo más jodido de esto es que el agua ablanda el carbón y luego cuando pasa por la zaranda de la empresa, la merma esa la tenemos que pagar nosotros. Por otra parte, estoy esperando leña hace casi un mes y no me traen, yo tengo dos hornos precisamente para que cuando voy recogiendo uno, voy parando el otro para coger mi dinerito y lograr que el aseo no me falte.
"Muchacho, aras días me dijeron hasta comemierda delante de la gente"-confiesa Herlín y al instante agacha la cabeza; su rostro adquiere un aire de sumisión propio de quien se sabe en desventaja. "A nosotros la empresa nos da algunos productos como jabón, desodorante y pasta cuando cumplimos con determinada cantidad, y uno de los que está a cargo de eso me dijo que no me tocaba y ya, así de fácil.
"Esto da pena, antier tuve que bañarme con una astillita de jabón de lavar y ayer mandé a mi mujer a comprar uno porque llegué to tiznao y no tenía con qué quitarme el churre. Yo me mantengo quemando hornos todos los meses, y esto es un trabajo en que estás sucio el día entero, sudao desde que empiezas a parar leña hasta que terminas pues tienes que meterte adentro del tizne… y te digo, uno se cansa a veces de todo esto".
Intermezzo
"Herlín es de los mejores trabajadores que tenemos, de los que más le saben a esta pincha, pero para empezar en orden, la electricidad no se le va a poner", afirma su jefe Yoenis Toledo Puentes, director de la UEB Ciénaga Oriental, y por el tono sentencia que ese caso no merece más atención de la que ya goza.
"Él no tiene la propiedad de la casa ni ningún otro papel que lo ampare y para colmo, allí lo que había era una tendedera que desviaba el curso de la corriente hasta ellos. Claro que se les quitó por las regulaciones existentes contra esos inventos.
"Por otro lado, en ocasiones los carboneros se nos quejan por el abastecimiento de leña, pero nosotros estamos cargados de limitaciones. Hoy tenemos un parque de tractores del año 76, eso significa que tú te acuestas con ocho tractores trabajando y mañana te levantas con que funcionan solo dos. Las motosierras se encuentran igual, tienen mucha inestabilidad, no hay lima, no hay cadena y todos esos problemas se reflejan en los planes", explica Toledo Puentes.
"El pago se les realiza por resultados: el saco de 20kg de carbón tradicional sale a cuatro CUP, y el otro que es de exportación, cuando la materia prima se lo ponemos nosotros le pagamos 38 centavos por kilogramo. Además, le pagamos dos centavos en CUC por cada kilogramo que el carbonero sea capaz de exportar.
"Lo que sucede es que mandamos a procesar el producto a la planta ubicada en Hato de Jicarita: allí siempre tiene una merma, que hasta un cinco por ciento lo asume la empresa, pero si se excede lo tiene que reponer el carbonero con su próxima producción. En general, casi siempre la merma sobrepasa dicho límite. Yo sé que este es un trabajo que se las trae, que por ser tan duro ya no me quedan casi hombres en estas funciones, pero eso es lo que hay.
"Por último, el aseo es por un cumplimiento, un estímulo que uno le entrega para incentivar al trabajador, si él llega a los 3000kg coge su java sin problema, lo que pasa es que muchos de ellos no tienen la capacidad para entender eso, uno se lo explica y se lo vuelve explicar, pero nada", alega un tanto irritado el directivo.
Para ser francos, se torna difícil comprender algo de esta índole, pues queda claro que la entrega de las producciones representa solo el final de un proceso en el que determina tanto el corte de la leña como la demora en la recogida de los sacos. Entonces, ¿cómo algo tan básico como el aseo está sujeto a un cumplimiento, para quien a diario queda cubierto por una capa de tizne? ¿Acaso el estímulo no debiera ser la entrega cotidiana de estos productos para mejorar la calidad de vida de este exiguo número de personas, quienes mantienen vivo el oficio que más identifica a la Ciénaga de Zapata?
Final abierto
"Yo sí me despierto tarde, si me dejas me levanto a las diez de la mañana; pero cuando me tiro de la cama hago todos los trajines de la casa, voy a la bodega y si Herlín está haciendo carbón me pongo a ayudarle a cogerle los sacos, recoger un poco, ya me he adaptado a esta vida. Aquí todo es cuestión de saber adaptarse", dice Marta a modo de reflexión mientras su voz asume un tono ceremonioso.
De pronto se espabila y agrega:
-Ya nosotros llevamos unos cuantos años juntos…. ¿cuántos Herlín?
-Como cuatro años- responde él con su sonrisa mitad tímida mitad desconsolada.
-Desde que vivimos aquí estamos sin electricidad y en las condiciones que puedes apreciar, pero como te dije, ya estoy adaptada: cuando una quiere a un hombre va con él hasta el fin del mundo, ¿no es verdad?- lanza la pregunta al vacío, sin obtener respuesta.
-Yo sinceramente te digo que me mantendré en esto si mejoran las condiciones, de otra manera tendré que cambiar de oficio- expresa él mientras contrae su expresión- También te digo que voy a guapear hasta el final porque esta es la pincha que me gusta, la que me enseñó mi padre, la que él aprendió de mi abuelo. Es todo lo que tengo, todo lo que quiero.
Y el empeño en hacer lo que quiere tendrá que ser imperturbable, pues como si la naturaleza pretendiera desafiarlo, los estruendos hasta ahora lejanos en el cielo cobraron repentina nitidez y minutos más tarde, unas gotas gruesas comenzaron a deslizarse por el rostro de Herlín como se deslizan por la corteza de uno de esos troncos secos que, sin demostrarlo, esconden la llama por dentro.
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