POR AYOSE S. GARCÍA NARANJO
Generalmente el metal se calienta hasta que se pone casi incandescente, al rojo vivo, para después someterlo al proceso de forjado
Como suele suceder a diario en la vida de Alexander Pérez Morales, hoy se prepara para herrar varios caballos que las personas le amarran alrededor de su pequeño taller. Él viste su uniforme habitual de trabajo, es decir, el pecho al aire y sobre el pantalón bastante raído, un cobertor de cuero que le protege de cualquier picadura de clavos.
Ya en acción, sentado sobre un trozo liso y rústico de madera, retira primero las herraduras gastadas y los clavos del animal, luego rebaja y empareja el casco con escofina y cuchilla, para finalmente clavarle la nueva herradura. Todos sus movimientos denotan la destreza propia de quien domina lo que hace.
"Un caballo cerrero es lo más peligroso de esta actividad, sobre todo porque como está arisco puede darte una patada o halar de pronto una pata y hacerte una herida. A decir verdad he tenido pocos accidentes, a veces me han arañado en el muslo, pero yo me le cuelo a esto y cuando salen de aquí, las bestias están listas lo mismo para trabajar en la carreta que para montear ganado", comenta el único herrero de Playa Larga, en la Ciénaga de Zapata.
En realidad Alexander llega a este oficio por tradición, y por necesidad, eran tiempos difíciles y su tío, cuando sus fuerzas no le daban para martillar más, le enseñó todo lo que sabe hoy: "por ahí hay muchos que hacen juegos de espuelas, frenos y otras cosas, pero a mí nunca me gustó eso, yo solo me dedico a fabricar herraduras y herrar caballos".
Mientras conversa, se da cuenta que no le quedan más clavos y se traslada hacia un pequeño local de tablas con escasa iluminación, ubicado en el patio de su casa. Allí se cubre con una camisa vieja de mangas largas y se acerca a la fragua, una especie de horno que se mantiene con carbón encendido gracias al fuelle que desde abajo, le introduce oxígeno para avivar la llama.
Alexander sabe que el color es importante para determinar la temperatura del metal y justo por ello, cuando el hierro comienza a calentarse no le quita la vista de encima: primero se vuelve rojo, luego anaranjado y más tarde amarillo. El tono ideal para el forjado es un blanco-anaranjado.
De inmediato saca la varilla del horno y comienza a martillarla sobre el yunque, hasta que adopte la forma ideal y pueda estar lista para cortar. Así pueden pasar horas.
"Estoy vinculado también a una CCS de esta zona, pero la mayor parte de mi tiempo se lo dedico a la herrería, esta es mi vida. Imagínate que ya llevo 20 años en esta gracia, y al igual que mi tío, solo me retiraré cuando no tenga fuerzas para continuar", sentencia enfático Alexander, y casi a la vez se acerca una mujer y aclara: "trabajo bueno el mío, que me toca lavarle la ropa y quitarle todo el sudor de los caballos, eso sí está buenísimo".
Luego de unos segundos de risas, su madre se retira a la tendedera y sigue colgando la ropa que le quedaba en su enorme y profundo cubo.
"A la hora de herrar hay una parte del clavo que no puede penetrar hacia dentro del casco, porque en esa zona el animal tiene sangre y como le duele, te puede dar un mal golpe", explica Alexander Pérez Morales
Aunque su taller luce un poco desmantelado, el herrero asegura tener todo lo necesario para cada una de sus labores
Como última etapa del proceso, martilla la varilla sobre el yunque hasta que adopte la posición ideal
Paulina Morales Rodríguez, madre de Alexander, sostiene que este muchacho es técnico de veterinaria, aunque a la larga le gustó más la herrería
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