POR LISANDRA PÉREZ COTO

Fue simplemente preguntar por los pobladores más longevos de El Helechal y la sugerencia no se hizo esperar: El Gorila.
Un terraplén cercano de la carretera, bordeado por una amplia cerca de madera nos llevó al lugar indicado. Primero un sendero de piedras diminutas, luego el portal, igualmente reducido.
Rápidamente la amiga que a diario lo cuida nos invita a pasar y lo llama.
La sala también es pequeña, la casa en general lo es. Resulta difícil imaginar que en tan reducido espacio de apenas dos cuartos crecieran sus cinco hijos, de los que solo tres sobrevivirían, para marcharse después definitivamente, dejando atrás al hombre, que ahora, responde desde el cuarto y se queja por no poder andar deprisa.
-Los años… –se lamenta.
«Deja ver si puedo sentarme», añade mientras ocupa toda la fuerza y la atención de su cuerpo en llegar hasta la silla de ruedas, situada en el pasillo.

Frente a nosotros un anciano permanece atento a las preguntas y escrudiña rápidamente con sus ojos limpios a los nuevos visitantes. Se "remanga" el viejo pantalón militar, zurcido en ambas rodillas, con mucho esfuerzo logra dominar sus piernas y se sienta.
Dos viejos sillones de madera, situados frente al televisor son los únicos muebles de la sala. En las desgastadas paredes solo dos cuadros. En uno, una niña de apenas tres años sonríe montada sobre un caballo; en la otra, un bebe disfrazado al estilo Santa Claus, cerca de un árbol navideño rodeado de regalos y adornos.
-«Una es la nieta de ella»– me dice señalando a Caridad, la amiga, al percibir mi interés.
–«El chiquitico es uno de mis nietos, que ya debe estar grande porque esa foto es de hace años».
En una de las esquinas de la habitación, un tanque, probablemente el reservorio principal de agua. Al fondo, el refrigerador, al frente la mesa con cuatro sillas, tres de ellas empolvadas, señal inequívoca de su soledad.
Sin embargo, es probable que no exista en El Helechal una persona que no lo conozca, o al menos que no haya escuchado hablar de él. Su nombre, José Orestes Velázquez Morejón, puede que pase inadvertido pero al Gorila o Gori, como le llaman los más allegados, no es fácil olvidarlo.
Su inmensa figura –un metro ochenta de estatura y más de 102 kilos de peso- le valió el apodo con que lo bautizaran para siempre. Eso, y varias disputas lo hicieron famoso en la Ciénaga de Zapata y un poco más allá también, principalmente entre quienes tuvieron la desgracia de caer bajo su puño, porque según refieren, tiraba a matar.
Cincuenta años después, el Gori ya no pelea, no trabaja, apenas sale de la pequeña casa donde vivió toda su vida, pero sus manos, inmensas y endurecidas, permanecen allí como huella indeleble del tiempo y también del duro de oficio cortador de monte al que dedicó sus mejores años.
MEMORIAS
Ha echado, como se dice, toda su vida en este lugar, en el que dejó la fuerza de sus puños gigantescos, ahora marcados por el sol, al igual que el rostro, el pecho, los brazos.
Cuando habla de su infancia hay una frase recurrente: «había que guapear muy duro».
Una frase que repite con distintas dosis de intensidad y emoción, tal vez por la tristeza que emana de los recuerdos. En ellos, él, El Gorila -aunque por aquel entonces aun no merecía el sobrenombre- con solo 8 años, se levantaba desde bien temprano para ayudar a su padre y contribuir con la numerosa familia de once hermanos.
«Yo empecé apilando leña, a veces tiraba de las carretas de bueyes, otras cortaba algunos cujes, no muy grandes porque todavía era un pichón, pero me defendía», comenta, hace una pausa, y de nuevo su rostro se opaca.
«Eran tiempos duros, había que guapearla. Mi papá hacía carbón, cortaba leña, de todo pa´que no nos faltara la comida. No te vayas a pensar, la vida no era nada fácil, había que guapear muy duro pa´poder vivir», repite nuevamente.
«Me acuerdo que teníamos unos valecitos, que nos daba el contratista, con eso íbamos a la tienda a comprar, hasta que te diera y cuando se acababa, ya, hasta ahí.
«Él nos decía: tal viaje de leña vale tanto y así nos daba el vale. Yo chiquito cuando aquello, pero eso sí, muy ligero entonces el día que no cortaba cujes, iba a la tienda a comprar los mandaítos», recuerda conmovido por la tristeza de esos tiempos.
«Otras veces sí me iba desde las doce de la noche más o menos y llegaba al mediodía. Me acuerdo que siempre mi abuela tenía hecha la comida, nos servía a todos, y eso éramos un batallón de gente. Nosotros sí pasamos mucho trabajo y necesidades.
«Esas historias son bravas, te lo digo yo, la gente dice que no, pero a mí no hay quien me haga cuentos, porque yo sí me crie desde chiquito en el monte. Se trabajaba mucho y muy duro. Claro, también había gente muy vaga, como ahora, pero entonces el vago no vivía y ahora sí», se ríe.
Comenta los recuerdos de aquella época con cierto placer nostálgico, y sin orden lógico. A menudo menciona a amigos o familiares, después recuerda que ya fallecieron, y continúa hablando, un tanto desconcentrado, tal vez porque presiente lo inevitable.

«Yo hice varios trabajos: estuve halando un carretón de mulos enyuga´os, buscando madera en un lugar que le dicen El Corojal, pa´allá pa´arriba de Guasasa. Ahí me levantaba a la una de la mañana, apilaba madera poste y polines.
«Después ahorre un dinerito y me compré mi carreta con mulos. Estaban baratos en esa época -recuerda- se podía encontrar buenos animales en 30 pesos pero no te pienses, que eso en aquel tiempo si era dinero.
«Con la Revolución la cosa cambió bastante, fuimos mejorando un poquito. Los precios de la madera eran distintos, cortabas un poste de 20 kilos y te lo pagaban a peso. Luego un socio me dio el camión pa´que se lo manejara y ya entonces el trabajo no era tan fuerte, pero igual me pasaba el día por ahí haciendo cosas y llegaba de noche.
«También participé en competencias de la empresa levantando pesas, siempre ganaba, pero ya estaba un poco pasa´o de edad, pero si no yo creo que hubiera dado pa´boxeador. Fíjate que una vez me fajé en Agramonte con 5 tipos. Fue culpa del que andaba conmigo pero no iba a dejarlo solo.
«Aquello fue tremendo -cuenta con orgullo- me paré en la puerta y los tumbé uno por uno de un solo golpe».
«Si, si, si -reafirma ante nuestro asombro- yo tenía la mano pesá. Y ni cuje, ni palo, a puño limpio. Ni me emborrachaba tampoco.
«Yo no me metía con nadie pero el que se metía conmigo, si lo cojía bien cojío. Otra vez ahí en La Ceiba se fajaron conmigo 7. Tenían a un muchacho que yo conocía dándole patá, y me metí a defenderlos. El abuso tampoco me gustaba. Fíate como fue la cosa que tuvieron que montarse en los caballos y perderse.
«Muchacha, y al poco tiempo nos invitaron a una fiesta donde estaban los mismos con los que me fajé. Mario, uno que andaba conmigo, me decía, "Gori vámonos que esto se va a poner malo", y yo "que no, que no me voy a ir, que aquí no va a pasar nada". Al final no nos fuimos y todo estuvo tranquilo.
«¡Irme yo!, después iban a pensar que les tenía miedo. Ellos eran los que me tenían miedo a mi.

«La mano mía esta fuerte por los trabajos y la fuerza que yo he hecho. Eso me sirvió después pa´lo de deportista levantando pesas, primero en Camagüey, cuando andaba por allá y después en Matanzas».
Pero siempre regresó a su batey.
«Allá en Camagüey no querían que yo me fuera, me iban a dar casa y todo pa´ venir con mi mujer y los muchachos pero que va. Le dije que lo iba a pensar y viré pa´ acá. A mí me gusta esto aquí. Me quedé en Helechal porque es lo que uno conoce de siempre, el pueblo, los montes, y si vas a un lugar te llevas con la gente y eso es bonito».
RETO A LA SOLEDAD
Como muchos cenagueros el Gori también combatió en Girón. Del relato de sus experiencias destaca la simpatía y la honestidad de un hombre que cuenta sin avergonzarse que corrió con el estruendo de las bombas que cayeron a dos km de El Helechal, del miedo de verse rodeado y en desventaja, de los muertos que su amigo Pancho arrastró para que no les pasaran por arriba y de la salida airosa que le permitió vivir.
«Yo me casé una sola vez, tuve unas cuantas novias eso si -sonríe con sorna- pero yo era casado, imagínate, pero como todo el mundo tuve mis cosas. Algunas veces ella se enteró, pero nunca me descubrió nada», y de inmediato rectifica:
«Bueno un viaje sí me pescó, pero hablando nada más. Se puso como fiera pero na´, se le quito después».
Dentro de poco cumplirá 81 años y hace tres tuvo que dejar de trabajar según refiere en contra de su voluntad, pues sus piernas no son las mismas desde que la artritis generalizada comenzara a golpearlo. Apenas puede caminar y cuando lo son solo pequeños trayectos dentro de la casa o para ir al médico.
«He ido al médico dos veces, me metieron unas agujas por la rodillas y la izquierda mejoró un poco pero la derecha todavía me duele mucho, yo le paso y le paso la mano, pero no mejora. Y mira que yo he tenido espolones pero que va, esto es peor.
«Ahora si estoy jodío. Eso es de la fuerza que siempre hice, yo me echaba arriba palos y palos y palos: panza de vaca, cuaba de los dos tipos, lo que fuera. Tenía cinco muchachos que mantener y mi mujer también».
Su esposa murió hace varios años y sus tres hijos luego de reclamar la ciudadanía española del abuelo se fueron a vivir a España y Estados Unidos. Tiene cuatro nietos que no conoce. «No salieron muy paridoras», menciona entre risas.
Más allá de esos datos y de la visita de una de sus hijas que espera pronto, El Gori no habló mucho del tema, sin embargo su soledad es irremediable, aunque trate de disimularla, y su tristeza brota desesperadamente cuando habla de los suyos.
«Me quedaron tres hijas porque perdí a dos, el varoncito que se llamaba Orestico y la hembra Arisel, una muchachita de los más estudiosa y la perdí», su voz parece quebrarse de pronto y mira al suelo repitiendo los nombres de sus hijos muertos, después solo silencio que rompe el mismo para seguir hablando de sus dolores.
«Bueno con este problema de la rodilla no te se decir si me quede mucho» -se lamenta, y le decimos que sí, que no se preocupe, que hay mucha gente de su edad con más enfermedades, que va a mejorar pronto. Aunque en realidad no estamos seguros de eso.
Sin embargo nuestras palabras lo animan y todo vuelve a fluir como al principio
«Va y si, o a lo mejor no, quien sabe. Lo que si te puedo decir es que todavía aquí hay brazo pa´ rato»- y nos muestra presuntuoso sus gigantescos puños.

«Yo a cada rato practico y le tiro a la pared, a la almohada y todavía pego duro. Siempre he dado con la derecha. Esa es la que mejor domino».
La amiga que lo cuida hace señas, negando lo que dice, como si quisiera decir "no le hagan caso, eso no es así, no le crean". Pero no lo dice, solo gesticula y esta vez el Gori la ve y como un resorte no duda en contestarle, en contestarnos:
«Mira, yo lo único que te puedo decir es que si yo tiro, si yo tiro con la derecha… Yo no sé qué pueda pasar».
No hay comentarios:
Publicar un comentario