viernes, 12 de julio de 2019

En la Ciénaga de Zapata: Madre monte adentro

POR GUILLERMO CARMONA RODRÍGUEZ
madremonteadentro
Para llegar a casa de Mercedes Morejón Rodríguez en Santo Tomás, Ciénaga de Zapata, atraviesas un terraplén de 28 kilómetros que mataría de envidia a cualquier montaña rusa por sus montículos y huecos. Tantos árboles se amontonan en los bordes del camino que marea el verde, mientras las mariposas amarillas, tal vez emigradas desde alguna novela de García Márquez, flotan tranquilas entre ellos.
Hallaste el lugar al tropezar con el primer descampado. Entre tanta naturaleza parece hasta pecado que los hombres habiten ahí. De todas maneras, aún quedan pruebas de un pacto de convivencia pacífica: puercos que por su pelaje negro azabache lucen más jíbaros que de crianza, se pasean libres por las calles, si podemos llamar así a un terreno sin asfaltar del que cualquier cobarde soplo de viento levanta densas polvaredas.
Bueno, ya estás ahí. Si te fijas bien notarás que el terraplén divide en dos el batey. En la derecha se ubica la escuelita con su panel solar, como recién sacada del noticiero estelar, la sala de televisión, la bodega, el círculo social, el consultorio médico; en la izquierda está un grupo de viviendas grises. Dobla hacia esa última parte.
Una cerca hecha con gruesos palos rodea la casa de Mercedes. No seas atrevido, antes de atravesarla llámala, que a lo mejor no está ahí; pero de cualquier forma con lo pequeño que es el pueblo no se debió alejar demasiado. Sin embargo, si por alguna razón viajó hacia Playa Larga te fastidiaste, porque desde Santo Tomás solo sale un transporte para Playa Larga, es decir para el exterior, a eso de las once de la mañana, y otro a las 10 de la noche.
Mercedes se asomará al portalito con un trapeador en las manos y a ti te dará un poco de pena interrumpirla en su limpieza; pero ella te invitará a entrar en su casa sin prestarle atención a ese detalle. Es una mujer con el pelo rizado, tan flaca que imaginas que el mismo cobarde soplo de viento que crea las polvaredas, pueda levantarla en peso y lanzarla bien lejos.
Un hombre va de salida y te saluda con un gesto de mano cuando te cruzas con él en la cocina. Mercedes te señala los muebles de su sala para que te acomodes y puedan hablar
con tranquilidad.
En el televisor pasan un torneo de patinaje artístico sobre hielo. Te chocan un poco los contrastes de la glamorosa bailarina con su leotardo de lentejuelas y su maquillaje perfecto y la mujer a tu frente vestida con una ajada blusa de tirantes y un short de mezclilla; o el estadio repleto de público, todos sonrientes, con el solitario batey.
Desde el cuarto que no tiene puertas ni cortinas que lo oculten de la sala, un niño absorto mira la transmisión. Él lleva poca ropa, como la madre, es tan flaco que las
costillas en el pecho parecen un xilófono, tiene el pelo negro, ojos que más que en las cuencas andan por la estratosfera, la piel muy blanca y gruesos labios. De repente, hace un ruido gutural que repite una y otra vez.
«Yo te lo cambio ahora, yo te lo cambio ahora», dice Mercedes y luego aclara: «A él le molesta que pongan en el televisor algo que no le guste. Debe ser deporte o música; nada de muñequito. Él tiene una parálisis cerebral y un retraso mental severo; además, es epiléptico».
Ella no da más información sobre el niño. Quizás, situaciones así les sean tan habituales que ya no la incomodan ni la sorprenden. Evidencia de eso último es la sonrisa en su rostro y la invitación para comenzar el diálogo.
Tú estás ahí para saber qué se siente vivir en Santo Tomás, un batey que en la actualidad no sobrepasa los 60 pobladores y que cuenta con servicio eléctrico, gracias a una planta, solo ocho horas al día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde noche. La muchacha que hace un doble giro en el aire dentro de la pantalla y luego cae ligera sobre los patines, demuestra que estamos en uno de los intervalos con electricidad.
«He vivido en Santo Tomás toda la vida, excepto cinco años que lo hice en Pedro Betancourt», responde. «Pasé la secundaria 'albergá' en Cayo Ramona, el otro extremo de
la Ciénaga de Zapata. Me casé muy temprano y me fui para Pedro Betancourt, donde estuve cinco años y tuve un niño, el mayor mío que tiene 31 años. Allí trabajé en un taller de mecánica. Me separé y vine para acá. Al año y pico me casé de nuevo y de ese matrimonio que duró 26 años salieron mis dos hijos más chiquitos, uno que cumplió 24 y él –mira al niño del cuarto que ahora saltaba frenético encima de una cama desnuda. Después me ajunté con el tipo ese que salió ahorita.
«Aquí, en el batey, fui jefa de la sala de televisión; pero me tuvieron que sacar porque no podía participar en los balances municipales al no tener quien me cuidara al niño. Entonces, el Gobierno y la seguridad social tomaron el acuerdo de pasarme una pensión…».
De pronto se interrumpe, grita ¡Caca, caca!, y señala al muchacho que ahora brinca sobre el colchón de una manera mucho más violenta, como si quisiera tocar con la cabeza el techo. Este, ante el regaño de su madre, afloja el ritmo hasta que se aburre y se baja de la cama.
«Mira, a mí me construyeron vivienda allá afuera, en Playa Larga, para que yo saliera de Santo Tomás con el niño; pero ahora el padre quiere dividir la casa nueva y eso que es muy chiquita: las dos habitaciones son más pequeñas que esta sala. Yo hablé con la de trabajo social que nos atiende para pedir un subsidio para agrandar la parte que me toca a mí. Estoy a la espera de que me avisen si me la van a dar completa o no. Yo ya no tengo espacio para el niño aquí. Usted puede ver que allá afuera todo está cercado y esta casa que está bastante grande aún no es suficiente para él, cuando se pone inquieto. Yo no puedo estar aquí, pero pasan los años y sigo».
Al final la conversación gira otra vez sobre el muchacho; pero ya no se puede ignorar el elefante en el cuarto, es decir, los problemas y esfuerzos diarios de Mercedes para atender a su hijo y ofrecerle la vida más plena posible a 28 kilómetros monte adentro. «Yo lo atiendo en la clínica de neurodesarrollo de Cárdenas hace alrededor de ocho años y pico, o más. Tengo que llevarlo hasta allá, luego me traen hasta Playa Larga, donde me quedo en casa de mi mamá. Salgo a las cuatro de la mañana para el turno y llego aquí a las diez de la noche».
Imagínate a Mercedes en un camión mientras atraviesa el terraplén-montaña rusa y las mariposas garciamarquianas vuelan alrededor del vehículo. Agarra por el brazo al niño para que este no se caiga cuando pasen por algún bache o no se ponga inquieto al estar en un ambiente que le es extraño y hostil. Además, ese es solo el principio de un periplo hasta la ciudad de Cárdenas que supera los cien kilómetros.
«Por suerte, una amiga que era de Pálpite, pero ahora vive en España, me envía los medicamentos para la epilepsia. La semana pasada me trajeron cuatro jabas. Imagínate, que las pastillas de valproato de magnesio, que es lo que él lleva, se perdieron en la Ciénaga y tuve que pagar cien pesos por una cajita en Pedro Betancourt; al final los especialistas le cambiaron el tratamiento por valproato de sodio, aunque ya el magnesio se estabilizó. Las medicinas para el sueño, porque a él si no se le da algo no se duerme, me las dan aquí».
Con su última frase sientes un sonido a tu espalda. El muchacho entró a la sala y se subió en el sofá y, como hizo antes en la cama, ahora salta encima de él. Con cada despegue y caída los soportes de madera del mueble se mueven peligrosamente. «Ya cogió eso de costumbre. Mira cómo me lo tiene y eso que martillé las patas». En verdad, notas que el niño tiene mucha energía acumulada.
«Tengo otro amigo que le trajo un paquete de cosas para él: zapatos, ropas. Como él trabaja en cine me dijo que hasta después del 14 de abril no podía venir a verlo, porque en La Habana había una conferencia con todos los artistas del mundo. Él viene a cada rato y le tira fotos al niño y eso. Con eso ha cogido premios y todo. Hasta a mí me ha filmado; él me dice que después de su madre, la persona que más quiere soy yo. Mira, si quieres te pongo el disco que la gente del Icaic me dieron con la versión en español e inglés del video».
Ella saca un disco y lo coloca en el DVD. En su rostro se nota el orgullo de verse filmada, de ayudar a alguien que también la ayuda a ella y a su hijo. A la imagen de la última competidora en el torneo de patinaje sobre hielo, la sustituye un fondo azul. «Él se molesta cuando se ve; pero se los voy a enseñar un momento».
Sin embargo, parece que el CD de tanto usarse se rayó y el cartel de Loanding nunca le da paso al documental. Saca el CD y lo vuelve a meter unas dos veces, pero no funciona. Para que no se preocupe por gusto, le comentas que no importa, que después buscarás el
material por tu cuenta. Ella, entonces, pone un disco de música. Una canción de reguetón comienza a sonar. El niño se asoma de nuevo a la entrada del cuarto y mira concentrado hacia el televisor. «Al final a él quien le gusta como canta es Shakira… ¿No es bobo verdad? Yo prefiero a Britney Spears».
Ya es hora de irse. Recuerda que cuando llegastes ella limpiaba la casa y tú la interrumpiste en sus tareas hogareñas: todavía tiene que terminar de limpiar y, tal vez,
preparar el almuerzo. Te despides con un "gracias y esperamos verte pronto".
Mientras regresas a Playa Larga reflexionas sobre la gran fuerza de voluntad de Mercedes. En todo momento mientras te contaba las tribulaciones –la casa, el transporte, los medicamentos– de tener un hijo tan especial en un rincón tan apartado no mostró ninguna mella en su optimismo. La sonrisa nunca dejó su rostro y no era falsa, boca y
dientes nada más; sino integral, donde intervenían el ceño, los ojos, las mejillas. El espíritu humano se crece no importa cuántas horas al día disfrutes de servicio eléctrico.

 

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