POR GUILLERMO CARMONA RODRÍGUEZ

La mañana del 17 de abril de 1961 en Cayo Ramona se comportó como otra cualquiera: un cielo azul con el rayón verde del vuelo de una cotorra de vez en cuando y el vivo silencio del monte por todas partes. La tranquilidad duró hasta que irrumpieron las noticias de que por la bahía desembarcaban mercenarios.
Manolo Planeya Arencibia, de 17 años, junto con otros voluntarios se dirigieron hacia "la caliente", donde más los necesitaban. Caminaron 28 km hasta Covadonga. No traían encima más armas que picos y palas.
Él recuerda que en el trayecto se tropezaron con un alfabetizador que les advirtió que más adelante en el camino los esperaba una ametralladora «que no dejaba pasar ni para aquí ni para allá». La pequeña columna rodeo el obstáculo para por fin llegar al área de operaciones, donde se dedicaron a abrir trincheras. Los únicos proyectiles a su alcance eran piedras y palos. Entonces algunos aviones lanzaron unos sospechosos paquetes en las cercanías. «El capitán a cargo nos dijo que hacía falta ver qué eran, porque podían ser armas para nosotros y yo me ofrecí».
Antes de los sucesos de Girón ya había participado en la limpieza de bandidos del Escambray y luego se unió, en el 63, a los guardafronteras. Si el término un hombre probado —o «probao»—, para que la palabra adquiera más impacto, le corresponde a persona alguna, es a él. Por ello, en el 65, lo llaman a formar parte del cuerpo de seguridad de Cayo Piedra, lugar que en la Ciénaga de Zapata se conoce como la Caleta de Fidel, por encontrarse ahí una casa de visita del Comandante en Jefe.
Manolo, de casi 80 años, con la parquedad de discurso propia de aquellos que llevaron una vida militar, accedió a responder algunas preguntas a esta redacción.
—¿Qué funciones cumplía en Cayo Piedra?
—Yo era jefe de grupo de protección. Siempre teníamos que hacer guardia, porque aunque él no estuviera ahí, cuidábamos las instalaciones y trabajábamos en el mantenimiento. Él no avisaba, aparecía de golpe y todo tenía que estar en orden. A veces nos movilizaban con cierta antelación para amarrar un cabo suelto; pero, normalmente, él no era una gente de decir lo que pensaba hacer. Con él yo fui a Nicaragua en los 80, el único viaje que he dado a afuera. Seleccionaron un grupo para su escolta y en este caigo yo.
—¿Fidel iba mucho por allá?
—Muy a menudo; por lo menos en agosto que era el mes que él cogía de vacaciones. Casi siempre celebraba sus cumpleaños ahí. Ese día él preparaba una cena o un brindis con su familia y algunos compañeros y nos invitaba a nosotros. Siempre se llevó muy bien con el personal. Hubo uno que lo pasó en La Habana, pero nos mandó a buscar. Decía que sus amigos eran los que lo defendían, los que lo ayudaban.
—¿A qué se dedicaba Fidel en el cayo?
—Nadaba. Pescaba con anzuelo, pero me parece a mí que le gustaba más la pesca submarina. De vez en cuando, iba con visitantes, algún dirigente. Ahí fueron muchos jefes de estado. Ellos, a veces, llegaban primero y después, él. Ahí estuvieron mandatarios de México, Angola, Medio Oriente.
—¿Había más cenagueros de servicio en Cayo Piedra?
—Solo de este batey, Cayo Ramona, éramos cinco o seis los que trabajábamos ahí.
—Suman más de 600 los atentados fallidos que se realizaron contra la vida del Comandante en Jefe; por ello siempre se reconoció el desempeño de su cuerpo de protección. ¿Cuál era el secreto?
—Todos los intentos de hacerle daño a él y a su familia fueron en vano, porque la seguridad estaba ahí y los contrarrestaron. Por lo menos en nuestra zona, la protección que había era la mejor y no se pudo declarar ningún caso de amenaza.
—¿Cuándo fue la última vez que compartió con Fidel?
—Cuando él se enfermó, después del accidente en Villa Clara, yo me jubilé con el grado de mayor, en julio del 2006. Desde entonces cultivo unas tierras, algo que no hice en mi tiempo de servicio.
Manolo Planeya confiesa que lloró el día de la muerte del Comandante. Para un hombre como él, acostumbrado al silbido de las balas, a mirar el mar durante tanto tiempo que probablemente el salitre haya oxidado el hierro de su fusil, esto demuestra lo tan profundo que le caló la amistad y la presencia de Fidel.
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