viernes, 12 de julio de 2019

Desde la Ciénaga de Zapata: La tierra se lleva en la sangre


Varios meses atrás, antes de que una insólita lluvia sepultara el cementerio más cercano y las personas tuvieran que navegar en botes para llegar a sus casas, el mayor problema de El Rincón, como en toda la Ciénaga de Zapata, era la sequía.
POR AYOSE GARCÍA NARANJO
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Varios meses atrás, antes de que una insólita lluvia sepultara el cementerio más cercano y las personas tuvieran que navegar en botes para llegar a sus casas, el mayor problema de El Rincón, como en toda la Ciénaga de Zapata, era la sequía.
Por ello, la entrada al batey se encuentra definida por extensos cercados en los que no se aprecia separación entre una tabla y otra. Esta fue la única solución que los pobladores encontraron a la voracidad incontenible de los chivos, animales que se comen las reservas de hierba que los alimentará en tiempo de seca.
En verano, cuando la situación se pone crítica, las personas tienen incluso que trasladarse a Horquitas (Cienfuegos) con el fin de traer todo el pasto que puedan cargar sus caballos. Y es que para sobrellevar la ausencia de empleo en el lugar se necesita echar pa'lante una cría de cualquier cosa, de carneros, de puercos o gallinas, que complemente los magros ingresos que se reciben por cortar madera o chapear maleza.
El batey no se incomunica gracias a un terraplén que, apenas comienza a serpentear, deja detrás a las 15 casas que allí sobreviven, en medio de una serenidad agreste, absoluta. Solo en ocasiones esta calma se disuelve en el estruendo de algún tractor o en el tableteo de carretones que, a su paso, remueven el polvo del suelo.
Los escasos habitantes encarnan almas sobrias, desgastadas de tanto trabajo. Para ellos las jornadas se suceden sin variaciones: los hombres despiertan de madrugada y se internan en el bosque, mientras las mujeres se quedan en casa; al mediodía regresan ellos y duermen la siesta. Luego se ocupan de sus animales, en tanto, sus esposas preparan la comida; y en la noche, vencidos por el cansancio, ninguno de los dos demora en dormir.
Claro que la vida en el lugar también tiene sus ventajas y los pobladores al abandonar sus casas pueden dejarlas abiertas sin preocupación, y las vacas se crían en el monte sin que se pierdan o se confundan. El respeto aquí se torna inviolable.
Además, cuando llega el pan al batey, una anciana se encarga de meterlo en una cesta y distribuirlo al resto de las personas. La mayor parte de los habitantes del lugar son familia, aunque ya no se observan jóvenes.
«Lo que pasa es que los más nuevos se van en busca de desarrollo y muchos de los viejos ya han fallecido» —dice Adalberto Morales Rodríguez, administrador del círculo social de El Rincón. Sin mucho esfuerzo saca la cuenta de los que quedan allí. «En total, contándome a mí, somos 48. Al final, todos se van porque el monte no es fácil, ahí si no hay invento: la pincha es dura como quiera que la mires».
Según Adalberto, sesentón de barba encaecida, en el batey nunca pasa nada extraordinario. Lo último que alteró la rutina en estos parajes fue la tormenta subtropical Alberto, que inundó toda la zona.
«Esto se puso en candela aquí, jamás se había visto algo parecido en la Ciénaga, pero lo más asombroso fue que después del llenante yo me dije: cuando esto empiece a secar nos van a matar los mosquitos. Otras veces siempre ha sido así. Y tú puedes creer que este año no hubo ni uno. ¿Qué es esto? Hasta los mosquitos se van buscando desarrollo», sentencia algo jocoso y suelta una risa que expresa más desilusión que gracia.

CARMELA Y FRANCISCO

Apenas se camina un poco por El Rincón, se tropieza con la casa de Carmela García Mejías y Francisco Morales Fernández, un matrimonio que ha envejecido en esta comunidad. La mujer, quien pasó la mayor parte de su vida cortando cujes para la antigua Empresa Forestal, ahora prepara el almuerzo mientras espera a que su marido
regrese del monte.
En una hornilla de carbón calienta un caldo espeso y amarillento. Al costado, en el patio, se encuentra una empalizada con una pareja de cerdos y sus crías. «¿Viste que flaca está la puerca? El problema es que aquí la comida está perdí'a», dice Carmela, como excusándose.
Ella es de rostro adusto, un tanto severo, en contraste con la docilidad de carácter. Afirma que siempre aparece algo que hacer, y en lo que termina el almuerzo se empeña
en fregar un caldero metálico que más bien parece una palangana.
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«A nosotras nos gusta tener los calderos limpios y eso solo se logra a base de mucho puño y estropajo, hasta que se caigan las manchas», explica con la seguridad de su experiencia.
A lo largo de una tendedera cuelga un sombrero, un par de medias, varias camisas de trabajo y una extensa hilera de pequeñas bolsas de nailon. Esta cenaguera acostumbra a enjuagarlas y ponerlas al sol, de esa forma le sirven después para guardar cualquier cosita en el frío.
De pronto se escucha el estruendo de un tractor que se acerca, lentamente. Lleva a remolque una carreta cargada de troncos de madera recién cortados. Un perro tísico sale a su paso y le ladra desaforado, por todo el camino.
«Allí debe venir mi esposo», —anuncia Carmela. «Todos los días va a cortar tapa'o pa'tabaco con algunos amigos. Aquí casi todo el mundo es familia, por eso es que es tan tranquilo el batey».
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Francisco afirma que los jóvenes se marchan del batey en cuanto se les presenta la oportunidad
—¿Y por eso le gusta vivir en El Rincón?—
«Sí» —contesta a secas, con total indiferencia. «Bueno… a decir verdad a mí me gustaría irme para Girón con mis hijos, que viven allá… pero imagínate, a ese viejo que tú ves ahí, no hay quien lo arranque de aquí».
Francisco, al bajarse del tractor, se detuvo a la entrada de la casa, bajo la sombra de algunos arbustos. Estaba sentado sobre una raíz enorme, redonda, cómoda.
«Mira cómo tengo las manos», —comenta él mientras intenta desprenderse una costra negruzca. «Esto es mancha de Soplillo, el palo tiene una resina que se pega bastante, pero no es de las peores, a la vez que me echo un poco de agua se cae».
Lleva un sombrero deshilachado, surcado por pequeños agujeros, y de la cintura le cuelga el machete. Muestra apariencia vital, aunque los pliegues en su piel denotan el paso de los años. Cuando se apoya en el tronco de algún árbol, sus dedos parecen la prolongación de las grietas en la corteza.
«En esta zona siempre se trabajó en lo mismo, bosque adentro. Al final uno lo tiene que hacer por necesidad, figúrate, ya yo tengo 70 años y lo que recibo de pensión no alcanza para casi na'. Por eso todos los días voy al monte: mientras pueda, tengo que darle al carro pa'lante».
Este cenaguero confiesa que se adaptó al trabajo fuerte, incluso, durante la conversación llegó a decir que le gustaba: «ya no me pesa, con el tiempo le cogí cierto cariño a este oficio, que es cabrón, pero lo hago como pudiera hacer cualquier otro».
—¿Qué es lo que más te gusta de El Rincón?—
«El Rincón de gusto no tiene nada, pero ya uno está adaptado. Yo nací en este lugar, me siento bien aquí», —se detiene pensativo, como buscando más razones que argumenten su criterio. De repente agrega: «De todas formas, si yo me quisiera ir a Playa Larga o Girón no sería tan fácil tampoco, pues ponerse a construir con lo jíbaro que están los materiales… habría que pensarlo. Los jóvenes sí lo hacen con tal de salir de aquí, pero nosotros no. Por eso los que quedamos somos los viejos na' má', pero bueno, aquí estamos».
Ya de pie, dispuesto a entrar en su casa, comenta que hablando de viejos, si quiero conocer la historia del batey debo hablar con Tatayo, que de seguro él sí tiene una pila de cuentos que hacer.
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TATAYO

En Playa Larga, a 50 kilómetros de El Rincón, se encuentra Tatayo. Allá pasa unos días en casa de su hija y en estos momentos, sentado en una butaca frente al televisor, no le presta atención a lo que ve.
En el asiento permanece encorvado, un tanto mustio, y cuando realiza cualquier movimiento, por sencillo que sea, su rostro se contrae en expresión involuntaria de dolor.
«Yo participé en la limpia del Escambray, faja'o con los bandoleros… dormí en la cueva de La Lechuza, dentro de unas lomas que hay por allá… comí de todo… pero eso era antes, ahora estoy ido de mente».
Expresa sin más, con voz bastante ajada. Como no lo detengo, en un rato me entero que fue uno de los tantos niños que se puso a trabajar para ayudar a su padre. Entonces se dedicaba a criar puercos para vender en Nochebuena, y los que cogían las cien libras se lo pagaban a 12 pesos, claro, en los tiempos en que con 12 pesos se compraba una tienda.
Cuando iban a buscarlos, ya él los tenía amarrados y asegura que algunos hombres se los echaban al hombro y salían caminando con los animales a cuestas.
Dice que en su época la vida era muy dura, y de repente le vienen a la mente unos versos: «Trabajar por trabajar/ me dijo una vieja loca/ que si la ganancia es poca/ lo
mejor es descansar».
Según le llegan los recuerdos los cuenta en un acto espontáneo, indetenible. «Lo mío era fiestar. Yo llegaba con mi caballo Palomo y enseguida tenía un bulto de gente a mi alrededor. A ese caballo lo único que le faltaba era hablar. Cuando se paraba una mujer delante yo le preguntaba "¿te gusta esa?", entonces le pellizcaba la crin y decía que sí, pero cuando la cosa era con un hombre le daba el pellizco por el sobaco, y él parecía decir que no. Con ese truco tumbé unas cuantas mujeres, pero eso era antes, ya estoy ido de rosca».
Después me comenta que cuando la batalla de Girón, Fidel estuvo un breve tiempo en El Rincón y allí él le tumbó unos cocos al Comandante y a varios oficiales que tenían sed. Entonces hace una pausa, vuelve a indicar que no le haga caso, que está ido de mente, que necesita ir al baño y, por último, expresa: «El Rincón es mi sangre. Aquí me tiene mi hija aguanta'o, pero yo pertenezco allá».
Baja la vista. Luego gira la cabeza y mira hacia fuera. Parece descolocado. Se remueve un poco y frunce el ceño como si intentara recordar algo, pero nada dice. Quizá, para él, todo está dicho ya.

 

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