POR AYOSE GARCIA NARANJO

Julio Campos vive habita hace muchos años en las cercanías del Mar Caribe.
Poco después del amanecer llegó Julio a la orilla. Tras una madrugada bastante tranquila e improductiva, ahora halaba su bote por encima de una improvisada ranfla de madera para ponerlo en tierra. Era una embarcación pequeña, compuesta por unos cuantos tubos de regadío y unas tablas claveteadas que si bien denotaba precariedad, estaba tan curiosamente confeccionada que podría tirarse un fósforo en el piso sin que desapareciera.
Durante toda la noche solo había hecho cuatro capturas, pues un pez dama vino a rascarse en el bote y le espantó a sus posibles presas. El cabrón animal tenía el tamaño de una guagua escolar y aunque arremetió a remazos contra él, ya el daño estaba hecho.
-"Me puse fatal"- pensaba Julio con resignación mientras se dirigía a su casa, una especie de campamento improvisado a pocos metros del Mar Caribe y donde habitaba hacía muchos años. Lo construyó él mismo a base de machete: con los palos de uva caleta que le rodean armó una estructura elemental que cubrió de lonas viejas.
Adentro todo es agreste, mas la disposición de cada elemento resulta impecable. En la empalizada que funge de cocina, los calderos traslucen limpieza; en la repisa aparecen pozuelos, pomos y platos ordenados en base a su tamaño y para rematar, resalta la oscuridad de una cafetera tan tiznada que pudiera confundirse con un trozo de carbón, los mismos que yacen al fondo del tanque metálico utilizado como horno.

En su pequeña cocina Julio afirma tener todo lo necesario para elaborar los alimentos.
A un lado está el cuarto, de similar estructura y compuesto exclusivamente por su cama, amasijo de tablas perpendiculares sobre la base de cuatro delgadas horquetas. A su alrededor, sobre hebras de saco amarradas de un palo a otro, cuelga una indumentaria raída que al parecer fue usada la jornada anterior.
Julio no necesita mucho más para vivir. Al menos eso le dice a todo el que le visita. Y no es menos cierto que la naturalidad con que se desenvuelve a diario le concede un extraño aire hogareño a aquel lugar impreciso, ubicado entre las dos comunidades más remotas de la Ciénaga de Zapata, escondido entre el monte y el mar.
Había pasado muchas horas sin comer nada y la fatiga le nublaba un tanto la vista. Encima de una tabla colocó el pescado más pequeño de la noche anterior. Desfundó un cuchillo de hoja larga y delgada y antes de empezar a filetear, prendió fuego al carbón. Cortó el pescado desde las branquias hasta la columna vertebral, luego hizo un giro con la mano y siguió deslizando la hoja a través de las costillas hacia la cola, utilizando la espina dorsal como guía. Volteó el pescado e hizo la misma operación. Por último, separó los filetes de la piel y los lavó en la misma agua de mar. Por un instante se detuvo a palpar la carne blanca, suave y jugosa de la rabirrubia.
En lo que se avivaba el fuego se sirvió un poco de café, quién sabe de cuándo. Insípido y frío como estaba, más bien parecía té: té de café. Lo vertió en un jarrito impregnado del mismo olor a salitre que tienen todos los objetos allí, tan denso y penetrante que al acercarlo al rostro pareciera inhalarse un vaho poroso que araña el interior de la nariz. Claro, esto solo le sucede al visitante de paso, pues para Julio, de tanto vivir allí, no pasaba de ser un aroma imperceptible.

Aunque a veces el lugar es visitado por otros pescadores, no demoran mucho en marcharse.
Desde el inicio de los noventa se dedicó por completo a la pesca como única vía de subsistencia. En Cocodrilos, pueblo natal, no tenía nada que hacer, ningún animal que criar, ninguna propiedad que salvar. Como el mar se hallaba a cinco kilómetros de distancia y el camino se volvía intransitable, no demoró demasiado en instalarse allí.
Hasta el día de hoy, todo lo que vende y come sale del mar, tal como el filete de rabirrubia que ahora deshace con voracidad. Carecía de limón y sal para matizar el sabor a marisco, pero sabe que es un buen alimento y lo necesita si quiere volver al agua este atardecer.
Ahora necesitaba descansar un rato. De camino a la cama recogió un tabaco del suelo y lo prendió con el último fósforo de la caja. Sin reparar en este elemento, se apresuró por llevarse el cigarro a la boca y segundos después cada músculo de su rostro se distendió, al expulsar una lenta bocanada de humo.
El constante sonido de las olas le provocaba un letargo que se confundía con el sueño. En realidad no iba más allá de un adormecimiento ligero de los sentidos que le permitía relajarse y a la vez, ponerse en pie ante cualquier atisbo de peligro. Con la acumulación de problemas a lo largo de su existencia, sobre todo después de la muerte de su esposa, desarrolló la virtud de dejar la mente en blanco.
En medio de su enervamiento a veces se distraía con recuerdos involuntarios, vinculados a la pesca. Por ejemplo, durante la época en que la avioneta dejaba caer los periódicos en los poblados de difícil acceso, uno sabía cuál era el mejor momento para pescar al vivo. Nunca esclareció si era el sonido del motor o la pura casualidad, pero de tan solo acercarse la nave ya se formaba tremendo revuelo en el agua y el nailon iba y venía con las agujas enganchadas de los anzuelos. Todo hombre de mar esperaba esa hora.
Le vino a la memoria la ocasión en que el rollo de periódico cayó en el techo de una de las casas del batey. Aquello sonó como si un meteorito se hubiese estrellado en medio de la ciénaga y hasta allí tuvo que ir el piloto con el jefe del aeropuerto para reponer dos planchas de fibro.
En todas esas cavilaciones se sumergió Julio, cuando poco a poco le fue espabilando una incómoda sensación de humedad que con el aire le entumecía el pie. Al abrir bien los ojos, se dio cuenta que era Corbata, su perro. –"Coño, viejo, vete a dar lengua pa otro lado"-, le gritó al animal, pero no se movió del lugar. –"Este cabrón debe tener hambre"-, pensó y se dirigió a la cocina para coger las sobras de la rabirrubia. Le lanzó la cabeza y las tripas al suelo.
Corbata había sido su mayor compañía en los últimos tiempos. Aunque otros pescadores de paso acompañaban a Julio por varios días, no demoraban demasiado en marcharse y seguir con sus vidas. En cambio, él siempre continuaba la suya, la que decidió (o más bien le tocó), porque existen circunstancias ante las que no se puede hacer nada más que persignarse, y resignarse.
Ya en pie se dispuso a preparar la carnada. Sacó un par de sardinas de un cubo y las comenzó a cortar en triángulos finos y largos. Preparándose para la noche que le esperaba, no pudo evitar su martirio al recordar la jornada anterior. En el fondo, era consciente que la culpa no recayó tanto en el inoportuno pez como en su propia necedad, pues aún había luna llena y no le importó.
Desde su niñez aprendió a dominar este arte y en la actualidad, ya era difícil que se equivocara en el pronóstico de una tormenta a partir de la lectura del celaje y los vientos. Además, conocía la relevancia del ciclo lunar en estos menesteres y en época de escasa turbidez (luna llena) "la claridad le estorba al pescao pa andar, entonces nada muy poquito porque busca la profundidad y se aplana a dormir".
A pesar de sus certezas se lanzó. Lo que más le reventaba de todo su fracaso era que la noche se le había convertido en un apacible y monótono paseo en el bote, cuando debía ser lo contrario. Siempre había creído que la pesca no era un oficio al alcance de los débiles y la mayor recompensa para un pescador que se respete, consiste en una captura extraordinaria.
No en vano dice conocer los instintos de los peces. En otra época sostuvo peleas desgastadoras con los tiburones, bestias que lo remolcaron enormes distancias y le hicieron traspasar los límites del horizonte. Cuando pegaba uno de esos consumía el día en función de vencerlo, de hacerle sentir que era superior para cuando pudiera acercarse, matarlo a palo en el agua a base de cuchillazos o lo que encontrara a su alcance.
Hace años que no engancha un "peje" de este tipo, que no vence una batalla digna. En realidad no sabe si le quedarán fuerzas para ello. De un tiempo a esta parte un sobresalto le corroe su interior cada vez que tiene que lanzarse solo a la mar. Sospechaba que fuera miedo; ¿pero miedo a la soledad, después de todos estos años? Quizá lo que sucedía ahora era que, mientras terminaba de picar las sardinas, asociaba por extrañas coincidencias que su mayor naufragio lo había sufrido en tierra firme.
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